Campamento de ladrillos

8 06 2009

Gitanos en Bogotá (entrevista)

Bandera del pueblo gitano

Bandera del pueblo gitano

A mí también me engañó el estereotipo de Melquiades y pensé que buscar a los gitanos era preguntar por carpas de colores. En la salida de Bogotá, por la calle 80, encontré lo más parecido a un campamento Rrom que terminó siendo una fábrica de carpas para circo. “Aquí todo el mundo entra preguntando por lo mismo”, dijo uno de los obreros. “Llegan, piensan que somos gitanos, toman unas fotos y se van”.

Pero los gitanos de Bogotá ya no viven en tzeras coloridas ni se visten con trajes largos y pañoletas en el pelo. Casi todos, especialmente los más jóvenes,  fueron al colegio, usan jeans a la moda y hablan un fluido castellano.

La isla urbana

Hernando Cristo es un “legítimo gitano” como dice él mientras señala la rueda anaranjada de su camisa. Aunque está en pantaloneta, mide 1.55 centímetros, vive en una casa pequeña al sur de Bogotá y hace más de un año que no viaja, “Tosa”, como le conocen, es incluso patriarca de la tribu que llegó desde la Unión Soviética.

Alrededor de diez cuadras del barrio la Floresta, se encuentra el campamento de ladrillos de  “los rusos”, como les dicen los vecinos. Una pequeña isla  donde hay otra ley y hasta otro idioma, porque para ellos el romaní equivale al inglés del mundo. Ya no hay carpas, ni caballos, ni fábricas de orfebrería, porque la ciudad les ha pegado su mordisco y cada vez se parecen más a cualquier bogotano del común. Sin embargo, aferrados a tradiciones como la quiromancia, de vez en cuando sacan a sus mujeres para que lean la suerte, aunque ahora tengan el pelo teñido de mono y ombligueras estilo Britney Spears.

“Tosa” abre la puerta de su casa, prende un cigarrillo y se sienta en su poltrona de “emperador”. Desde las once de la mañana empiezan a llegar primos, sobrinos y amigos para saludarle o pedir consejo. Entran y se van como quien cumple con la labor del día. Él les habla en romaní algo que no entiendo. “Para llegar a ser patriarca hay que írsela con todo el mundo. Uno no tiene descanso”, dice con cara de agotamiento.

La diáspora gitana

Los gitanos vienen del norte de la India y desde el año mil iniciaron un incesante nomadismo que los ha ido regando por los cinco continentes. A Colombia llegaron por primera vez con Cristóbal Colón. Luego, huyendo de la Segunda Guerra Mundial cuando fueron víctimas de la persecución hitleriana que acabó con la vida de medio millón de ellos. Desde diferentes partes de Europa entraron por el puerto de Barranquilla y a través de la frontera con Venezuela. Hoy ya son más de 5.000 gitanos distribuidos especialmente en Cúcuta, Bogotá y Girón.

En la capital hay dos tribus importantes: los Boloshoc y los de la Unión Soviética. Estos últimos dirigidos por “Tosa”, el patriarca. Él es el encargado de difundir las leyes, arreglar los líos de faldas y ayudar a quienes se encuentren en dificultades económicas. “En éste país la gente no entiende. Uno dice que es Rrom y ahí mismo dicen ¿que quiere tomarse un ron?”, cuenta Hernando Cristo sin expresión en el rostro.

El valor gitano

Para visitar a “Tosa” hay que llevar varias cajetillas de cigarrillos y, si es posible, dulces para sus dos hijas. Ese es el cover que hay que pagar para sentarse en la sala de su casa.

—Hábleme de la orfebrería. ¿Aún conservan este oficio como tradición?

—¡Claro! —respondió— Ahí tiene la última vasija que hice. Es una reliquia. Yo mismo la fabriqué en cobre martillado. El que busca toda la gente. Y la tengo en 120.000 porque fue el último trabajo que hice.

Le digo que no tengo dinero y continúo con la entrevista.

—Dijo usted que daba clases de baile. ¿Podría…?

—Sí, sí. —interrumpió— Venga un día usted con más dinero, le prestamos la ropa y baila con las muchachas.

Entiendo que no se puede avanzar en ese punto y elijo otra pregunta.

—Don Hernando, he escuchado que Amé le Rrom es un grupo de música gitana que pertenece…

—Sí, son mis sobrinos, los que entraron hace un momento. El CD cuesta 20.000 pesos, pero se lo dejo en 15.000 si se lo lleva hoy mismo.

Decido elegir otro tema que no implique comprar.

—Y las mujeres, don Hernando. Cuál es su espacio en la Kumpeniyi (tribu).

—Pues muy importante, —dice abrazando a su hija— claro que no las dejamos mucho tiempo en las escuelas porque se suben de estrato, pero ellas son las que mandan en la casa.

—¿Y el matrimonio? —interrumpo.

—Pues eso es muy complicado. Hay que pagar hasta dote.

Desisto.

Discriminación

Va llegando la tarde y “Tosa” se ha fumado media cajetilla. Es posible que su voz ronca obedezca a ese vicio que comparte con casi todos los gitanos. En su casa, la esposa del patriarca sólo ha salido para servir tinto muy dulce, ofrecer leer mi mano y vender un libro sobre la historia de los Rrom.

Nubia es una mujer de pelo amarillo y maltratado que cuelga de raíces muy negras. Cuando habla, lo hace con un fuerte  acento, como si le costara expresarse en castellano. Es posible que no haya ido a la escuela y que su contacto con los gadye (o no gitanos) sea mínimo. No lo sé. “Tosa” la deja hablar muy poco. Lo cierto es que sonríe, es amable y parece que le agradara ser la esposa del patriarca. “A nuestras mujeres las discriminan mucho. Si van a un centro comercial ahí mismo les echan los guachimanes porque creen que van a robar”, dice Hernando Cristo alzando un poco la voz.

De la misma forma como se aferran a su cultura, pelean por un espacio de reconocimiento.  El pueblo Rrom se ha unido en la lucha por mantener su autonomía como etnia. Dalila Gómez es una gitana de batas coloridas y aretes largos. Como pocas de su tribu, ella fue a la universidad y hoy es Coordinadora General del Proceso Organizativo del Pueblo Rrom de Colombia (Prorrom). Desde allí ha logrado incursionar  en la política enarbolando las banderas del Polo Democrático. Gracias a esta organización, los gitanos fueron reconocidos como otro de los grupos étnicos que configuran la diversidad cultural del país. Así, ya no tendrán que preocuparse por prestar servicio militar o acogerse a otras normas que van en contra de su tradición gitana.

Despedida

Las ciudades han ido permeando su cultura. Ya todos compraron televisor de pantalla plana y hasta “Tosa” tiene un DVD donde proyecta los bailes del grupo de danza que dirige. Los niños van a las escuelas, se mezclan con los gadye y aprenden el romaní al tiempo que el castellano. Por su parte, las mujeres salen a leer la quiromancia o “la buenaventura”, como dice Nubia, con carteras de cuero y sensuales escotes. Incluso hablan “de la palabra” como cualquier cristiano, aunque Hernando no ha querido bautizarse para conservar el apodo de “hermanito chévere” que le pusieron en la Iglesia.

“Tosa” termina el último cigarrillo. Pone el CD de Amé le Rrom y se oyen melodías nostálgicas que hablan de viajes y otras tierras. Parece como cuando en las discotecas suena la música popular para despedir a los rumberos. Entiendo que ha terminado la cita con el patriarca.

Te ashen devlesa —se despide.








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