Ficción

CUANDO SE ACABA EL AREQUIPE


Hasta allí le llegaba el olor a arequipe y podía imaginarse a Pámela mezclando el azúcar con la leche, meneando sus caderas, sudorosa, con el delantal ceñido al cuerpo y esa colorida tela amarrada en la cabeza con un nudo de zapato. El calor salía de la leña dibujando tiras de humo que se le metían entre el pecho, y le dejaba rastros de goticas entre la nariz y los labios.

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ENTRE MUROS


Ernesto, escucha bien. Óscar acaba de salir a trotar al parque. Estoy sola. Muy sola. Quiero que vengas —decía Ángela sin pudor y jugueteando con el cable del teléfono.

—Bueno, ya voy para allá—respondió Ernesto un poco asustado. Iba a decir algo más, como que si sabía cuánto tiempo tardaba su esposo o si era seguro que no los cogerían, pero a esas alturas Ángela ya había colgado y estaba esperándolo dos pisos más arriba.

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HUMO EN EL AGUA

Montreux, 4 de diciembre de 1971 Diario EL País
Montreux, 4 de diciembre de 1971 Diario “EL País”

Por esa época había decidido irme de casa. Dejar a mamá encartada con papá y a papá encartado con sus deudas y su cantaleta. Fue fácil. No hubo lágrimas, ni notas, nada. Cuando cerré la puerta escuché un ronquido de papá y eso fue lo último que supe de él. De mí él nunca supo gran cosa. Estábamos a mano, supongo.

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