La guerra desde la diáspora

17 06 2011

*Crónica realizada en el 2009

Víctor es un chef judío que llegó a Colombia hace más tres años. Las paredes de La Candelaria han dejado ver algunos visos de sentimientos antisemitas a partir del conflicto en Gaza. Sin embargo, su restaurante parece una sede de Naciones Unidas donde cada país está fielmente representado por individuos que sólo quieren la paz. 

Ese día, en el centro de Bogotá, Víctor Berman se había levantado temprano. Era viernes, faltaban pocas horas para la celebración del Shabbat  y debía prepararlo todo en el restaurante antes de que cayera el sol. Con su Kipá negro, una barriga que desbordaba los límites del cinturón y su musical acento hebreoargentino, se pavoneaba por la cocina de L’jaim. El vino Kosher, el jalá, el cordero; ya casi todo estaba listo.

A pocas cuadras de allí, en la treinta y cinco con séptima, una sola voz retumbaba contra las paredes de la Embajada de Israel. Víctor no escuchó nada hasta cuando lo vio en el noticiero. Más de cien personas que compartían la causa palestina se agolpaban para reclamar por el conflicto en Gaza. El saldo final: dos banderas quemadas. Una de Estados Unidos y otra de Israel. La misma que puede verse en la ventana del pequeño restaurante de Víctor en el barrio La Candelaria.

Desde que en Gaza han muerto más de 1.000 personas a raíz de la operación “Plomo Sólido”, en el centro de la capital colombiana han ido apareciendo grafitis en diferentes  paredes de los centros judíos. A dos cuadras del restaurante L’jaim, un letrero que ha sido tapado dos veces con pintura blanca aún dice con cierta legibilidad “Palestina es libre”. Para Víctor la culpa es de los medios de comunicación que no han sido justos ni veraces, para Jaime Zaleme, miembro del Consejo Nacional Palestino, es apenas una muestra del repudio que causa “el carácter criminal de Israel en Gaza”.

Se trata de un conflicto político, cultural y religioso. Sin embargo, es una guerra entre hermanos. Desde la antigüedad podría decirse que ambos pueblos son hijos de Abraham y proclaman su derecho sobre la “tierra prometida”. Los israelitas aspiran consolidar la posesión definitiva de ese territorio y reconstruir en Jerusalén la ciudad de David –su capital “eterna e indivisible”– el templo símbolo de su nacionalidad y de su Dios. Los musulmanes, por su parte, ven a Jerusalén como su capital espiritual, sitio desde el cual su Profeta Mahoma ascendió al Cielo. Entre ambos bandos hay más similitudes de las que un televidente desinteresado podría reconocer, pero la brecha, a veces, parece irreconciliable.

La representación del no conflicto

Es medio día y la gente empieza a llenar el restaurante. Algunos precavidos reservaron. Otros ya no encontrarán lugar. Víctor recibe a musulmanes, cristianos, judíos, negros, amarillos y blancos con igual simpatía.  Desde hace años es amigo de un monseñor, varias monjitas y hasta un musulmán: “Con el árabe coincidimos en que el conflicto en Gaza es, tristemente, un vil negocio”, dice Víctor señalando un lugar que se pierde hacia el sur de La Candelaria. L’jaim es la versión pacífica de Israel y sus vecinos; el escenario ideal del conflicto.

Los judíos comenzaron a llegar a Colombia después de la Primera Guerra Mundial, procedentes de Rumania, Rusia, Polonia, Lituania, Austria y el norte de África. Buscaban ganarse la vida lejos de los angustiantes recuerdos que les traían las tierras donde crecieron.  Hoy ya son más de 5.000 familias y, la mayoría, se concentran en Bogotá.

Los Berman llegaron de Israel a Argentina antes de que Víctor naciera; un acento con “erres” extranjeras seguidas de un voceo musical, es su presentación de ambas nacionalidades. Con casi sesenta años, la cabeza blanca y un pasaporte lleno de sellos, al judío de la Candelaria no se le ven las ganas de irse del barrio: “No existe otro lugar en el mundo donde traten tan bien a un forastero como en este país.”

A diferencia de Argentina y Venezuela donde las acciones antisemitas han resurgido con violencia a partir del conflicto en Gaza, en Colombia las protestas no han pasado de solicitudes al gobierno para que rompa relaciones con el Estado de Israel. “Los periodistas se han empeñado en contar verdades a medias. Hace un mes vi en Caracol una noticia que decía que Israel había atentado contra un colegio en Sderot. Pero, claro, como no es Washington ni París, a nadie se le ocurre investigar que Sderot es una ciudad israelí. El atentado fue de Hamas contra nosotros y aquí estamos pagando por muertos ajenos”, recuerda Víctor con una actitud seria y escasa en su rostro.

La guerra lejos de ella

Los judíos, desde la Torá, protegen la vida de manera radical. En Israel matar una paloma da 25 años de cárcel y el delito es “atentar contra la creación”. Sin embargo, en la frontera, cientos de niños mueren a causa de los misiles que lanza el ejército sionista. El Corán, por su parte, defiende la vida, la sumisión y la obediencia. Sin embargo, en la frontera, otros tantos niños sufren el retraso y la angustia de ser asediados por Hamas.

La guerra es una tortura tanto para los unos como para los otros en tierras colombianas. Las comunicaciones fallan y lo poco que les llega de los medios, para ambos bandos, es información manipulada. “Vemos cómo están exterminando nuestra sangre. La barbarie de la guerra ha llegado a un límite máximo y lo peor es que nosotros no podemos hacer nada porque estamos a kilómetros de distancia”, dice Alí Nofal, vocero de la comunidad palestina en Colombia, mientras camina con una bufanda de cuadros negros y blancos en una protesta contra Israel.

Para Víctor la guerra siempre será dolorosa y se le encharcan los ojos cuando piensa en el holocausto. Busca un lápiz. Escribe su nombre con el alfabeto hebreo. Hace silencio. “¿Sabés por qué escribimos al revés?”,  pregunta sin esperar respuesta. “Porque somos hombres que construimos desde el pasado para ser mejores ahora y en el futuro”, dice mientras termina de dibujar un último palito.

Ya son las cinco de la tarde. Las empleadas de Víctor se despiden cariñosamente y le desean un feliz Shabbat. Se acomoda su Kipá, apaga la luz de la cocina y dice algo antes de sumirse por un día en un estado absoluto de reflexión: “Hay sólo un restaurante en Bogotá que prepara un cordero casi tan rico como el mío. No te lo perdás. Se llama El Palestino.” 

*Premio a la excelencia – mejor trabajo de periodismo de profundidad para prensa 2009 – Universidad de La Sabana

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Un comentario

20 06 2011
Danilo

Qué bonito reportaje. Es triste pensar que moriremos y ese conflicto seguirá ahí.
Estuve en Medellín hace poco y me quedé en un hostal de un israelí. Y no se me ocurrió preguntarle nada de su país. Me siento mal por eso.

Saludos

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