I
─De aquí me sacan muerto─ dice Tonny cuando le preguntan por qué vive en un lugar famoso por ser el más densamente poblado del mundo─ ¡Y eso!, porque si el cementerio cupiera aquí, pue aquí me enterrarían.
“Santa Cruz del Islote”, “Islote de Santa Cruz de los Pescadores” o “El Islote” a secas, es un pedacito de tierra clavado en un paraíso del Caribe colombiano. Desde lejos parece un lunar pequeñito que poco a poco va creciendo hasta convertirse en un planchón de casas de colores. La confusión del nombre es sólo uno de los síntomas del abandono del Estado, tan absurdo, que ni el mismo Agustín Coddazi tiene la certeza de que realmente existe.
Muy temprano la lancha sale de Tolú rumbo a las Islas de San Bernardo y todos hacen cara de tragedia cuando decimos que nuestro destino no es exactamente Múcura o cualquier otra playa turística. Una hora más tarde esas mismas caras ya son expresión de asombro y turbación, motivado por el discurso memorizado del lanchero:
─Ete es El Islote, la isla maj poblada del mundo. En meno de una cuadra viven 1.200 persona. No tienen agua, ni luj… Pero bueno. Como podemo ver, al frente tenemo a Titipán y Múcura donde podrán dijfrutá del sol, la playa y un delicioso almuerzo…
La lancha ya está lejos, unos pocos turistas aún estiran sus cámaras en un intento por llevar a su hogar alguna imagen “impactante”. Nosotros quedamos allí, observándolos, y sintiendo el último vestigio de olor a bloqueador que nos llega con el viento.
II
La primera vez que visitamos este pueblito diminuto, un año antes, fuimos recibidos con un balde de agua fría. Estaban celebrando la fiesta de los niños, así que pensamos que era una ocasión perfecta para entrar en contacto con la gente. Sin embargo, los periodistas tenemos pinta de periodistas y, para entonces, no sabíamos la fobia justificada que los isleños tenían hacia nosotros.
Alex, el profesor, organizaba la entrega de regalos con un micrófono que competía con los gritos de los niños. Cuando nos vio mirando por una de las ventanitas del colegio, suspendió la algarabía por unos segundos, y recibimos el saludo de bienvenida:
─¡Silencio un momento! ¡Tenemos visita! Parece que llegaron periodistas ─dijo señalándonos y ocasionando que todos voltearan hacia atrás─ Le pedimos a los periodistas que se acerquen y nos cuenten para qué nos van a usar ahora.
Un grupito de niños miraba desde el piso intentando contener la risa, esquivé unos cuantos, y me acerqué al profesor que me apuntaba con el micrófono sin quitarme los ojos de encima. Pensé que las cosas no podían estar peor que eso y tenía razón. De ahí en adelante, todo fue ganancia.
III
El Islote es un barrio construido en una pelea cazada con el mar. Los habitantes fueron robándole terreno al agua, calzando con caracol y piedra, hasta que les alcanzó para empotrar 93 casas. A veces el mar les gana y les pega un buen susto una noche de tormenta; a veces ellos ganan y se construyen un gran patio, de unos cinco metros por lo menos, como el que tienen Pepe y su familia.
La segunda vez que llegamos a la isla, pocos nos reconocían. Como van periodistas todos los días, unos son iguales a los otros. Alex, sin embargo, no se había olvidado de nuestras caras. Recordaba con bastante claridad ese primer día de encuentro.
─Ustedes me van a tener que perdonar, porque yo me acuerdo de ese día que llegaron, y sé cómo fui ─dice con una sonrisa que no alcanza a dibujarse del todo─ Nosotros estamos cansados de los periodistas sensacionalistas, de los turistas que se llevan fotos de los niños como si fueran “miquitos”, del circo y el show que pretenden hacer alrededor de la isla ─dice mientras se toma una cerveza con nosotros en la gallera de Papón.
Entendemos.
Internet, las revistas, los periódicos y hasta los turistas que se llevan el discurso del lanchero, tienen poca idea de lo que en realidad es el Islote. La mayoría está allí unas pocas horas y reportan la postal más llamativa.
Santa Cruz del Islote es una isla del archipiélago de San Bernardo, en el departamento de Bolívar, aunque para Cartagena ellos no sean prioridad y sólo los busquen días antes de las elecciones. El resto del año sus problemas, al menos la mayoría, son consecuencia del abandono del Estado: pocas horas de luz en las noches a un costo muy alto (entre 3.000 y 6.000 pesos diarios, dependiendo de los pisos que tenga la casa), no hay agua potable, desde octubre del 2010 no tienen un médico, la isla ha sido permeada por el narcotráfico y hasta viven un grave conflicto con Parques Naturales.
Pero vamos por partes. La paradoja de la escasez del agua cuando se está rodeado de ella, es una ironía cruel y real. En temporada de invierno pasan menos necesidades pues han aprendido a adaptarse, pero en tiempo seco las condiciones son muy adversas.
─El agua no la manda Dios, cuando llueve, y a veces que se acuerdan de uno y el gobierno trae un bongo pa’ repartir entre todos ─dice Elquin señalando unos sistemas artesanales de almacenamiento de agua lluvia que tiene cada casa en su techo.
Ahora bien, si se les pregunta a varios isleños sobre cuál es su principal necesidad, todos contestarán diferente. Para algunos es la luz, el agua, la salud, pero lo cierto es que si se trata de un pescador, siempre hablará sobre el conflicto con Parques Naturales.
Esta conchita flotante con casas está ubicada en el Parque Natural Corales del Rosario y San Bernardo, único parque submarino del país y, por lo tanto, área protegida. La zona podría ser privilegiada si se tiene en cuenta que allí habitan 125 especies de algas, 52 de corales; 197 especies de moluscos, 170 de crustáceos; 215 especies de peces y 31 de aves marinas. Sin embargo, con todos ellos, en el Islote también habitan 1.200 seres humanos cuyas necesidades los han obligado a cultivar prácticas de supervivencia que compiten con este bellísimo ecosistema. La mayoría de los isleños viven de la pesca, que por su puesto no es únicamente para el consumo personal, pues ellos tienen necesidades normales que se pagan con su venta: mandar a sus hijos a estudiar a Cartagena, pagar los servicios, comprar ropa, alimentos o ir al médico.
Parques Nacionales les reclama la tala de manglar que usan como leña, la pesca con nasa y trasmallo, la utilización del coral vivo y muerto para calzar la isla, el consumo de especies por debajo del peso permitido o en estado de gestación, entre otras. Aunque la institución tiene razón en su preocupación por el medio ambiente, a los habitantes les dan pocas alternativas.
─Es que nosotros no construimos nuestra casa en un parque natural. Ellos construyeron el Parque Natural en nuestra casa ─dice Valentín, que no puede ocultar su disgusto con los funcionarios de Parques ─si no quieren que pesquemos, ¿entonces de qué vamos a vivir?
Pues bien, justo de esa pregunta se desprende otro problema de la isla que en realidad afecta a toda la zona del Caribe colombiano: hablo del narcotráfico.
IV
Los días empiezan muy temprano en la mañana. A las seis ya hay pescadores que salen a trabajar, las mujeres arreglan la casa y los niños se alistan para ir al colegio. Algunas señoras venden “fritos” en las esquinas, que los hombres compran especialmente como fiambre para un largo día en alta mar. A las doce, hora del almuerzo, el pueblo cae en un letargo contagioso. Cierran las tiendas, la gente hace la siesta y por primera vez en el día, no hay ruido en las calles. Los niños son la principal fuente de bulla en el Islote, pero a esta hora, la mayoría se pega un motosito.
En la tarde llegan los últimos cayucos llenos de pescado, caracol, langosta y cangrejo. Los buceadores ahora lo arreglan, lo venden y llevan el dinero a sus casas. Si no es muy tarde, algunos aprovechan para formar equipos y jugar un partido de fútbol en la cancha, que por razones de espacio queda en una isla vecina. Cuando llega la noche, el pueblo revive. La gente se baña, se arregla y sale a conversar en la plaza o a bailar en la discoteca de Papón. La Junta de Acción Comunal prende la luz y parece que se tratara de un sitio diferente: los radios sintonizan emisoras religiosas, las licuadoras se prenden para que dos mujeres bellísimas vendan jugos de mora, y muchos se reúnen para ver el noticiero.
V
Después de quince días viviendo en la casa de Pepe, uno pierde el interés por regresar. La gente del Islote enamora y enseñan tan fácil como pocas veces se aprende en la ciudad. No tienen agua, pero son unos magos en aprovechar cada gota; tampoco hay luz las 24 horas, pero los televisores están en las ventanas para que nadie se pierda la telenovela de las siete; cuando se trata de ir a pescar, todos comparten sus cayucos para trabajar en compañía, y en cuanto a la seguridad, son un fenómeno colombiano: quizás tengan el índice más bajo de robos en el país, aunque tengan el doble de necesidades de un típico atracador capitalino.
Claro, no hay que idealizarlos. Es posible que no tengan otra opción y su forma de vida sea la única manera de sobrellevar condiciones tan adversas, pero para quienes estamos tan acostumbrados al individualismo la generosidad de sus gestos resulta muy conmovedora. Esta puntica de piedra, sin duda, tiene una gran riqueza en la cultura de su gente. El aislamiento y abandono, más que razones para lamentar, se convirtieron en motivaciones para organizarse y hacer de sus dificultades una vida llevadera.
***
El tiempo se nos agota y después de una agradable temporada tomamos una lancha de regreso. Cuando uno se aleja del Islote entiende la estética natural y espontánea de sus casas que crecen vertiginosas apuntando sus narices hacia el cielo y estirando todo su cuerpo sobre el mar. Tolú nos recibe con ese desorden a propósito que no guarda compasión con la nostalgia, y dos bicitaxistas nos recogen para luego cobrarnos como si fueran limusinas. Un día más tarde, Bogotá nos espera majestuosa con sus problemas cotidianos. Acaban de pasar las elecciones, tenemos nuevo presidente.
Pensándolo bien, el Islote parece un oasis en medio del caos.

Que artículo tan bonito. Jamás sospeché que un sitio así pudiera existir. Me encanta esta parte: “…no hay que idealizarlos. Es posible que no tengan otra opción y su forma de vida sea la única manera de sobrellevar condiciones tan adversas…”
Que gusto ver tu regreso.
Saludos