Hasta allí le llegaba el olor a arequipe y podía imaginarse a Pámela mezclando el azúcar con la leche, meneando sus caderas, sudorosa, con el delantal ceñido al cuerpo y esa colorida tela amarrada en la cabeza con un nudo de zapato. El calor salía de la leña dibujando tiras de humo que se le metían entre el pecho, y le dejaba rastros de goticas entre la nariz y los labios. Era tan bella como el día en que la había conocido en La Peatonal, cuando todavía era una playa larga con vista a un cayo de palmeras inclinadas por el viento. Se enamoró de sus ojos azules, con rayitas verdes; de su piel negra y lisa; de sus dientes un poco separados y pequeños que parecía expulsar con cada carcajada; de ese nombre que le sonaba como un golpe de tambor. Entreabrió la puerta, la vio secándose la frente y luego hundiendo el dedo entre la cuchara repleta de arequipe.
—¿Quieres un poquito, Toño? Le puse ralladura de limón —dijo con su voz más dulce.
—No, Negra. No tengo hambre.
— ¿Y a ti qué te pasa? ¿te enfermaste?
—Yo creo que sí —respondió sin dejar de mirarla.
Pámela vive frente a un mar que desde su ventana parece una colcha de retazos verdes, aguamarinas, azules y morados. Su mamá le decía que los ojos se le habían puesto así por mirarlo tanto y que un día la sal iba a dejarla ciega. Ya habían pasado casi treinta años y sus ojos seguían funcionando para perderse en esa frontera infinita que iba y regresaba, le mojaba los pies y luego los abandonaba enterrados en la arena.
Toño vive con Pámela desde hace casi diez años, cuando ella quedó embarazada de un niño que nunca nació y le dejó el vientre maldito. Así dice Doña Erminda, que es muy sabia en esos temas. “Cuando un niño crece sin amor en la panza de su madre y luego muere, ajá, pue se dejquita”, dijo la noche en que Toño acudió como última instancia para saber la razón de la infertilidad de su mujer. “Pero si yo no hago más que querer a esa negra, Doña”, replicó él.
La mitad del año Toño es pescador, aunque eso es un decir porque ya no saca gran cosa; la otra mitad, lavador de platos en un crucero. Así pasa la vida entre un mar que domina en su chalupa y otro que le parece ostentoso, artificial e inalcanzable. En el barco todo es ruido, agua fluyendo por las manos, platos que rechinan, dinero y soledad; en casa, más bien silencio. Ahora se sentía viejo. Ya no quería ir a pescar y estaba pensando en abandonar el trabajo del crucero para no seguir sintiendo envidia de quienes tenían con qué comprar felicidad.
Ese día había despertado enfermo, con un mareo que le impedía calcular bien las distancias y lo empujaba contra las paredes.
—Eso fue que te trajiste el movimiento del mar en la cabeza —lo tranquilizó Pámela.
—No, Negra —le contestó—eso es otra cosa.
Salió de su casa y subió a su chalupa, pero la dejó amarrada. Desde allí veía a los peces acercarse y coquetearle como tratando de convencerlo de lanzar su anzuelo, pero él únicamente les tiraba lombricitas para mantenerlos cerca y no sentirse solo. Tal vez estaría volviéndose loco, pensaba, y tiraba otra lombriz al agua. Desde allí podía ver a Pámela lavando ropa, cantando y rompiendo el silencio que siempre guardaba para él cuando llegaba a casa. Había aprendido a no preguntarle nada para no irritarla. Después de que Pedrito se le salió como una bolita de sangre y babas, según le había contado su mujer, parecía no querer hablar con nadie. Toño sabía que a la menor provocación lo dejaría solo, así que se había acostumbrado a esa soledad compartida, tácita y dolorosa que le parecía más llevadera. Al menos podía verla tirada a su lado en las mañanas y desayunar un arequipe batido por sus manos.
Ya era casi medio día. El sol rebotaba en el agua y se le metía con fuerza entre los ojos. Ahora sólo podía ver la sombra de Pámela que aparecía de vez en cuando. Al otro lado, el vecino: un tipo raro que nunca salía de la casa y que Toño conocía por los comentarios de otros vecinos. Eligio se llamaba ese negro acuerpado que veía por primera vez. Estaba discutiendo con alguien o al menos eso parecía. Claro que los isleños tienen esa costumbre de mover enérgicamente las manos de alegría y de rabia. Escuchó un grito que le llegó hasta la chalupa, vio a Eligo entrando a la casa y a un niño salir corriendo y cerrar la puerta que ocultó la escena como un telón de teatro cuando baja en el acto más emocionante. Ahora sólo se veía al niño correr, atravesar el patio y meterse en la casa de Toño por la puerta de atrás. Pámela estaba extendiendo la ropa y no se daba cuenta. Toño se paró precipitadamente de la chalupa, dispuesto a sacar al niño de la casa, pero le volvió el mareo. Se sentó y pensó que de todas formas era un niño; un niño asustado. Puso los dedos sobre sus cejas, en forma de visera, para ver mejor.
Esperó unos segundos y se distrajo con otros tres niños que habían aparecido en el patio. Pensó que podían ser hermanos: dos niños y una niña que a duras penas se sostenía en pie. Cada tres pasos caía al suelo y volvía a levantarse con un poco más de arena pegada del vestido, pero con el mismo ímpetu de antes. Los observaba con nostalgia. Él siempre quiso tener muchos hijos con Pámela y cuando la veía gorda y envuelta en telas anchas pensaba que por fin le había llegado la hora de ser padre. Pero meses después aparecía flaca y demacrada como para que no le quedaran dudas de que estaba vacía por dentro. Y así le parecía ahora: unas carnes que no guardaban hijos, ni alma, ni nada.
Sintió rabia. Una ira que se le regaba por los nervios y le terminaba en un temblor de manos.
Pámela seguía tranquila, cantando y barriendo el patio de la casa. Entró y Toño la vio sacar la paila de arequipe. El niño que antes había entrado por la puerta de atrás saltó por la ventana que daba a la cocina. Abrazó a Pámela y otros niños fueron llegando. Uno de ellos hundió una cuchara hasta el fondo, se la llevó a Eligio y regresó junto a Pámela. Ella le sonrió al vecino. Toño se paró con delicadeza para ver mejor y se encontró con la mirada de una de las niñas. Se bajó de la chalupa y se acercó un poco dando pasos largos entre el mar. La niña no dejaba de observarlo. Cuando estuvo a pocos metros sintió un mareo fuerte que casi lo tumba. La niña sonrió y Toño pudo ver sus ojos con claridad: dos esferas azules con rayitas verdes. Volteó la mirada y vio a Pámela con los ojos puestos en él. Ahora le parecía que los ojos de ella eran negros. Su esposa siguió repartiendo el arequipe.
Toño retrocedió, esta vez sin esconderse. Volvió a su lugar, desamarró la chalupa y esperó a que las olas lo arrastraran. Los peces se quedaron, ya había gastado todas las lombrices; estaba solo y no quería. Nunca quería. Sacó el cuchillo, miró uno de sus dedos y lo cortó sin vacilar. Un chorro de sangre hizo un dibujito en la superficie del mar. Los peces lo siguieron como en las cartillas infantiles donde los niños deben completar la figura siguiendo los puntos. No sentía dolor. Cortó otro dedo y otro más. Los peces devoraban la carne rápidamente y sólo dejaban pedacitos de uña flotando.
Cuando la paila se quedó sin arequipe, Pámela miró hacia el mar y sólo vio una chalupa arrastrada por las olas.


