Homenaje a mi abuelo

20 08 2009

Cuando alguien muere uno queda como en deuda. Siempre falta algo por decir y sobra algo ya dicho.

Mi abuelo murió el 11 de abril, a las 11 de la mañana, habiendo acabado de cumplir 77 años. Él se fue y a mí me quedó un vacío en todo el cuerpo que se sigue desocupando con el paso de los días. Era Sábado Santo. Me llamaron y pensé que necesitaban ayuda para pasarlo a su silla de ruedas. Cuando abrí la puerta vi a toda la familia alrededor de la cama y a mi abuela de rodillas. Supe que era su último aliento de vida, pero no fui capaz de despedirme. En cambio corrí por los potreros de la finca llorando y sin fuerzas para gritar que era lo que realmente quería. Anduve hasta que la respiración no me alcanzó para correr y sollozar al mismo tiempo.

Yo amaba a mi abuelo con ceguera. Era mi superhéroe, mi amigo, mi juguete siempre nuevo, mi mejor compañía. Me gustaba su olor a perfume varonil, a cafetales y platanales. Ir a su lado a todas partes y contagiarme del amor que todos le tenían. Ser su copiloto, escucharlo cantar tangos y enseñarme los nombres de los pueblos por donde íbamos. Sus ojos verdes, su acento paisa, su piel colorada. Me encantaba verlo montado en su caballo con un zurriago y un sombrero. Cuando escuchaba un carro acercarse y veía el rojo de su camioneta entre los árboles, corría para ser la primera en saltar entre sus brazos y robarle muchos besos. Yo pensaba que no sería capaz de vivir sin él y a veces creo que es cierto.

Mi abuelo estuvo un año muy enfermo. Unas úlceras en las piernas lo fueron sometiendo a un bastón, luego a un caminador, después a una silla de ruedas y al final ni siquiera eso soportaba. Pasó de ser el hombre fuerte y rozagante a un manojito de huesos con pijama. Nunca antes había escuchado a mi abuelo quejarse de dolor, así que su enfermedad debió ser un infierno. De esa época, recuerdo un angustiante “ay, ay, ay” que nos mantenía a todos pasando la noche en vela junto a su cama. Él gritaba y yo me sentaba a su lado hasta que no era capaz de contener más las lágrimas. Un año es mucho para semejante sufrimiento, pero hasta el último día yo pedí que mi abuelo se curara.

Ese año fue el más terrible de todos. Desde la vida en Bogotá para un hombre del campo como él, hasta el transcurrir de los días que parecía empeorar su situación. Mi abuelo se instaló en mi cuarto, en mi cama, y todavía no pasa una noche en que no sienta que dormimos juntos. Cuando llegaba de la Universidad, hacía el mismo recorrido de siempre y lo encontraba allí. Tan silencioso y triste. Me miraba y sacaba no sé de donde una bonita sonrisa.  “Por qué se demoró tanto, mi niña”, decía siempre aunque yo hubiera estado tan sólo unas pocas horas fuera. Luego se quedaba con la mirada en el piso o en sus piernas vendadas e indolentes que ya no le hacían caso. Creo que no pasó un solo día en el que no nos dijéramos que nos queríamos. Porque era verdad.

Ahora me cuesta mucho escribir sobre él, hablar de él, cantar sus canciones y hasta ver sus fotos. La semana pasada estuve en Arma, su “territorio” y, por alguna razón siempre espero que al cruzar la esquina él esté parado junto a su camioneta esperándome. Esa es mi imagen más recurrente. Mi abuelo en la plaza del pueblo inclinándose un poco, abriendo los brazos y, un segundo después, levantando todo mi cuerpo hasta lo que a mí me parecía era el cielo. Pero ahora bajo del carro y sólo encuentro a don Aurelio, el dueño de la tienda, que no puede contener las lágrimas mientras me lleva una botella de Coca-cola. Yo creo que le contagio toda mi tristeza, pero no decimos nada.

Cuando era niña y regresaba a la ciudad después de unas largas vacaciones con mi abuelo, pasaba días llorando en el cuarto de las muñecas; extrañándolo. Parece una caricatura, una exageración, pero incluso yo odié al colegio por ser la causa de la distancia entre nosotros. Por eso es que ahora, cuando pienso en que nunca más podré volver a verlo, se me paraliza hasta la punta del pie.

Días antes de su muerte lo escuché cantar en medio de delirios: “arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor ha de ser de no verme porque tus ojos me los llevo yo, arráncame la vida…”. No pasó mucho tiempo para que alguien lo escuchara, y ese día él también arrancó un pedacito de la mía.





Entre muros

16 07 2009

Ernesto, escucha bien. Óscar acaba de salir a trotar al parque. Estoy sola. Muy sola. Quiero que vengas —decía Ángela sin pudor y jugueteando con el cable del teléfono.

—Bueno, ya voy para allá—respondió Ernesto un poco asustado. Iba a decir algo más, como que si sabía cuánto tiempo tardaba su esposo o si era seguro que no los cogerían, pero a esas alturas Ángela ya había colgado y estaba esperándolo dos pisos más arriba.

Ernesto no sabía muy bien si le gustaba o no Ángela porque ella lo escandalizaba, se burlaba de él y además le coqueteaba. Lo escandalizaba con su cuerpo perfecto, se burlaba de su aspecto intelectual y le coqueteaba con frases directas, invitaciones y llamadas telefónicas. Porque Ángela no tenía pelos en la lengua y ya estaba muy grande para andar con puritanismos o por lo menos así decía ella.

—A esta edad uno no se puede poner de exigente porque se queda vistiendo santos, Ernesto. Y no creas que lo digo sólo por mí, ¡mírate!, tú estás más viejo —le decía cada vez que se ponía algo nervioso o cuestionaba su manera de ser tan práctica y casi frívola.

Al principio Ernesto ni siquiera había notado que tenía nueva vecina y si la vio alguna vez, pasó desapercibida. Recordaba que su hermano menor una noche en la comida había hablado de una “mamacita del quinto piso”, pero él no le dio importancia como no le daba importancia a absolutamente nada de lo que tuviera que ver con su familia. Desde hacía mucho tiempo quería irse de allí y no aguantaba más la cantaleta de que ya estaba muy viejo para andar viviendo debajo de las faltas de su madre y eso por no hablar de la época en que fueron famosas las propagandas de Bombril.

Pero a Ángela le parecía que la indiferencia de Ernesto no era otra cosa que atracción pura. Ella sí lo notó desde el primer día y soñaba con él. Con su pelo desordenado, su caminar retraído, sus perfectas cejas delineando unas gafas blancas. Soñaba con él desnudo y lo recordaba haciendo esfuerzos por concentrar su mirada en un lugar diferente a sus calculados escotes. O por lo menos así pensaba ella. Después le hizo saber lo que quería con miradas y sonrisas, le coqueteaba, lo invitaba a salir y él aceptaba, pero ésta era la primera vez que Ángela lo citaba en su apartamento.

Por eso Ernesto estaba asustado. Además, era muy desconfiado y prevenido porque se la pasaba viendo noticieros. Cuando colgó el teléfono, pensó incluso que Ángela podría estar fraguado un plan para matarlo porque estaba bien loca y además ¿a quién le importaría? En su casa dirían que el vago de Ernesto por fin había conseguido trabajo y se había largado para no soltarles ni un peso. Y al resto del mundo no le preocupaba su existencia (o inexistencia más bien). Dejó a un lado sus hipótesis pesimistas, se puso loción en los cachetes, abundante desodorante y una manotada de agua fría en la cara. Abrió la puerta, se detuvo frente al ascensor, pero decidió subir por las escaleras.

Ángela lo esperaba con una pijama muy corta y una botella de champaña que desocuparon con avidez.

—¿Óscar se demora? —preguntó Ernesto.

—No sé. No importa. De todas formas acaba de salir y si quiere bajar esa barriga tendrá que trotar el resto del día —se burló Ángela mientras se despojaba de su escasa ropa.

—Si nos pilla me mata —respondió Ernesto asustado.

—Deja de actuar como un adolescente que si llega mi marido miramos qué hacemos. O quieres que nos sentemos a planear un simulacro de posibles salidas de emergencia en caso de que…

—¡Ya! está bien —interrumpió Ernesto bebiendo de un sorbo largo toda la copa de champaña. Cuando volvió la mirada a la mujer que ahora estaba completamente desnuda le pareció que su cuerpo se veía mejor con la ropa encima. Pensó que sus tetas eran demasiado grandes, su torso un tanto delgado, sus piernas muy largas y sus nalgas muy flácidas. Pero le gustaba su espalda abultada, la piel bronceada, el pelo largo y los ojos muy negros. Ángela le quitó la ropa con la misma rapidez con la que bebía, pero se tomó su tiempo para humedecerle la piel. Ernesto estaba jadeante, listo, impaciente. Ángela estaba inquieta, sensual, cruel. Ella llevaba el control y él no controlaba nada.

Cuando los dos tenían la mirada lejana y sus manos en todas partes, un tibrazo y la voz de Óscar al otro lado de la puerta dejó a Ernesto sentado y tapándose el pecho con una sábana. Ángela metió la ropa por debajo de la cama, intentó hacer lo mismo con los zapatos pero no cupieron así que los lanzó por la ventana, se puso una sudadera y Ernesto seguía petrificado.

—Deja de taparte las tetas que no tienes y métete al baño, pendejo —susurró Ángela intentando peinarse para abrir la puerta.

—Dejé las llaves. ¿Las has visto? —preguntó Óscar entrando a la casa.

—Llévate las mías —respondió ella estirándoselas y con la puerta todavía abierta.             Retrocedió, las recibió y volvió para robarle un beso antes de salir.

—¿Y tú porque estás en sudadera? —preguntó acariciándole la mejilla.

—Porque sí Óscar. No preguntes bobadas que eso no quema calorías —respondió Ángela despidiéndose y cerrando la puerta. Caminó hacia el cuarto dejando nuevamente su cuerpo libre de tela y encontró a Ernesto mirando por la ventana.

—Eran Gambinelli —dijo sin voltear la mirada.

—¿Qué? —preguntó ella desconcertada.

—Mis zapatos. Eran Gambinelli, Italianos, y ahora están en la terraza de la bruja del primer piso.

—Pues Ernesto si quieres bajamos y le explicamos que debimos tirarlos por la ventana para que mi marido no nos cogiera teniendo sexo en su propia cama —y agregó —además, con lo beata que es esa vieja seguro nos sienta a flagelarnos el resto de vida por pecadores.

—Es en serio, Ángela —dijo alzando la voz porque para Ernesto todo tenía un significado más allá de lo evidente—. A ti no te importa dejarme sin zapatos, sin camino, sin horizonte. Así has hecho siempre. Me sacas a un sitio, te burlas de mí, me besas, me exhibes, me botas, me olvidas, reapareces y ¿yo qué, Ángela? Apenas llega tu esposo tiras mis zapatos por la ventana como me tirarás luego a mí a la basura cuando ya no te parezcan tan divertidos nuestros…

Ángela interrumpió con una carcajada.

—¿Me hablas en serio, Ernesto? No jodas tanto y apurémonos que la próxima vez me toca lanzarte a ti por la ventana —dijo besándole el cuello.

—Pero es que eran Gambinelli —interrumpió de nuevo y alejándola despectivamente—. Tú no tienes idea de cuánto cuestan unos zapatos como esos porque nunca en tu vida has tenido que comprar nada.

—Mañana tendrás unos nuevos —le susurró al oído tratando de recuperar al Ernesto de antes del incidente.

—¿Qué voy a decirle a mamá? Que me puse los zapatos de papá para chicanear con la vecina y que no estoy muy seguro de cómo pasó, pero terminaron en la terraza de doña Pura —dijo con ironía.

—Tú y yo ya estamos muy viejos. Tú para ser tan patético y yo para soportarlo. ¿Por qué no te largas, Ernesto? —dijo al fin Ángela recuperando su ropa y recitando un montón de frases que parecían reclamos contra sí misma.

Ernesto se vistió y salió del apartamento sin hacer ruido y con las medias en la mano.

Ya habían pasado más de cinco días cuando Ernesto quiso salir nuevamente de su cuarto. Había estado leyendo diezpasosparaserfeliz, sonreírunimándebuenaenergía y túpuedesseranyelinayoli: tres libros que había heredado de un buen amigo después de su trágica muerte. En la puerta su mamá le había dejado los clasificados de toda la semana con varios teléfonos resaltados. Los recogió todos y se sintió con ganas de ser una nueva persona. Voy a conseguir trabajo, se dijo a sí mismo y se puso la ropa de entrevista que su mamá le había regalado hacía tres navidades. Salió del apartamento y esperó a que el celador hiciera su acto de cortesía.

—Don Ernesto, hacía mucho que no lo veía. Yo creí que estaba de vacaciones —se burló con ironía.

Ernesto no subió la mirada y se encontró con sus zapatos Gambinelli que lo seguían caballerosamente hasta la puerta.





Humo en el agua

13 06 2009
Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

Por esa época había decidido irme de casa. Dejar a mamá encartada con papá y a papá encartado con sus deudas y su cantaleta. Fue fácil. No hubo lágrimas, ni notas, nada. Cuando cerré la puerta escuché un ronquido de papá y eso fue lo último que supe de él. De mí él nunca supo gran cosa. Estábamos a mano, supongo.

Era diciembre. Pensaba en mi hermano diciendo que yo era un monstruo por dejarlo ahí, pero yo ya no estaba para Noches Buenas. O sí, pero no para las aburridas reuniones llenas de tías gordas que no paraban de hablar basura y opinar sobre lo malcriada que se había vuelto Paula. O sea yo.

Fernando me había propuesto viajar con él a Suiza durante una temporada. Su padre tenía ya pago un apartamento en Montreux para que estudiara hotelería y pudiera administrar el negocio a su regreso. En realidad se trataba de un diplomático despido para que lo dejara tener aventuras menos peligrosas con su secretaria, y ambos preferían hacerse los pendejos.

Así que esa madrugada supe a donde ir. Le dije a Fernando que aceptaba sólo porque era el chico que mejor besaba, y Juan había decidido dejar de ser mi novio hacía casi un mes. Lo borré del face, de mi celular y de la lista de correos. No pude llamarlo esa noche durante la borrachera ni luego cuando sentí sinceros deseos de perdonarlo o que me perdonara. Me sobraban razones para huir.

Fernando no me dio tiempo de arrepentirme y en menos de dos semanas ya estaba viviendo en un pequeño apartamento sobre la rue du Théâtre, a una cuadra del lago Lémain. Hacía mucho frío y no teníamos calefacción. Quise llamar otra vez a Juan, y decirle a Fernando que era mejor que durmiéramos en camas separadas. No pude hacer ninguna de las dos cosas. Era el precio por estar lejos de casa.

La primera noche, Fernando cobró el tiquete y la estadía. Apenas intenté sacarle las manos de entre mi camisa, se alejó con aire indignado y empezó a hablar de los francos de más que había tenido que invertir por traerme a “vivir como una reina”. Como odiaba esa expresión. Me le acerqué, lo abracé y dejé que hiciera lo que mejor sabía: besar. Quise que fuera especial, intenté acariciarlo despacio y delinear la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda. Pero se me tiró encima como un sapo y así lo hizo durante el resto de las noches.

Día de por medio la misma rutina.

Incluso intentaba conversar con él después del sexo, que era lo que más me gustaba, pero él siempre se volteaba y respondía con monosílabos inconexos:

—Aquí la gente es muy rara Fer. Esta mañana fui al supermercado en pijama y puedo asegurarte que nadie lo notó.

—No.

—¿Qué dices?

—¿Qué dices tú?

—Que aquí la gente es muy rara.

—Paula, deja de hablar pendejadas.

Fernando empezó rápidamente clases, pero yo tardé semanas en animarme a buscar trabajo. Inicié tocando puertas en sitios cercanos así que fui a dos cuadras del apartamento, en el Casino Barrière. Una mujer muy hermosa, de unos 27 años, que tenía el pelo recogido y poco maquillaje, me aconsejó que esperara hasta las diez cuando llegaba el administrador. Mientras tanto, gasté el tiempo en el baño, dando vueltas alrededor y leyendo cada uno de los afiches de las bandas que alguna vez habían estado en ese escenario: Led Zeppelin, Frank Zappa, Marianne Faithfull, Prince. Había también una copia de la letra de la canción “Smoke on the water” de Deep Purple que hablaba del día en el que el Casino fue incendiado.  Yo también me sentía un poco así. Huyendo de mí misma para encontrarme con mi “mí peor”. Los restos de un incendio que nadie quiere recoger. El humo en el agua, el fuego en el cielo.

Agotados todos los entretenimientos antes de tenerme que sentar sola en una esquina y que todos se enteraran de que estaba esperando sola en una esquina, decidí regresar a casa.  Al fin y al cabo no eran más de dos cuadras.  Estaba bajando las escaleras cuando la chica del pelo recogido me llamó y señaló a un hombre muy alto, calvo, que vestía un gabán negro.

—Buenas días —saludó el administrador— ¿Puedo ayudarle en algo?

—Sí. Buenos días —dije desenterrando el francés de algún lugar de mi memoria—. Acabo de llegar a la ciudad y, en realidad, me encuentro buscando un empleo y pensaba que tal vez…

—Que tal vez podríamos ayudarle con eso —dijo como tratando de rescatarme del enredo de frase que estaba intentando construir.

—(Asentí).

—Lo siento, pero por ahora no tenemos vacantes. Regrese en verano que es cuando más trabajo hay —contestó como si no faltaran seis meses para que llegara el maldito verano.

—De acuerdo. No hay problema —dije estirando la mano para despedirme.

Caminé hacia el lago y me senté allí hasta que oscureció. Me pareció que el paisaje era hermoso y que se burlaba de mí, y que yo era la niña fea. El lago estaba rodeado de árboles desnudos, con ramas artríticas que parecían dedos muertos de frío. Se me acercó un idiota a conversar y simulé no entender francés. Aunque era una simulación a medias porque le entendía la mitad. Empezó a llover y pronto tuve el pelo alborotado, la chaqueta mojada y el maquillaje corrido como ojeras. Ahora sí que era la niña fea. Quise llorar y no pude. Nunca podía. Me paré y caminé con la lluvia entre las medias hasta que llegué al apartamento. Fernando estaba furioso esperándome en la sala.

—¿Y tú dónde estabas? —dijo en ese tono parecido al de papá.

—Cerca —respondí quitándome la ropa en la entrada, para no mojar.

—Alcancé a preocuparme —arremetió de nuevo.

—Bueno, pues ya no tienes por qué —contesté.

Fui al baño, donde teníamos la lavadora, para meter la ropa emparamada. Me siguió hasta allí. Abrió la puerta y supe de inmediato lo que seguía. Qué predecibles son los hombres, pensé. Me abrazó por detrás y trató de penetrarme desde ahí.

—Fer, por detrás no —murmuré.

­—Por qué eres tan mojigata, Paula. ¿Te da miedo que empiece a oler a mierda? —se burló.

No había pensado en esa posibilidad, pero respondí que sí. Lo aparté, caminé hacia la sala y prendí el televisor. Fernando fue a acostarse. Miré el reloj de la pared. Era media noche, y las siete en el mío que aún conservaba la hora colombiana. Pensé en mamá y la llamé. No contestó. La imaginé viendo el identificador de llamadas, reconociendo el número internacional y desconectando el teléfono de un tirón. No volví a intentar. Miré por la ventana y supuse que en el apartamento del frente no tenían nevera porque enfriaban las botellas de gaseosa en el balcón.

Apagué el televisor y regresé al baño. Aún estaba en ropa interior. (Olvidé decir que para esa ápoca ya teníamos calefacción, aunque Fernando seguía durmiendo con esa pijama enteriza de cremallera). Me miré en el espejo y me imaginé embarazada. Tal vez porque estaba segura de que eso jamás me pasaría. Inflé la barriga y la acaricié como lo hacían las mujeres que había conocido en ese estado, pero definitivamente yo no tenía ese aire maternal. Saqué la ropa de la lavadora, la extendí y regresé a la sala.

Todavía tenía ganas de llorar.

Volví a mirar por la ventana y pensé que por lo menos nosotros teníamos nevera.





Behind the scenes

13 06 2009





Galería

13 06 2009




Quienes no compran la papa (reportaje)

8 06 2009





Habitantes de cartón piedra (reportaje)

8 06 2009





Campamento de ladrillos

8 06 2009

Gitanos en Bogotá (entrevista)

Bandera del pueblo gitano

Bandera del pueblo gitano

A mí también me engañó el estereotipo de Melquiades y pensé que buscar a los gitanos era preguntar por carpas de colores. En la salida de Bogotá, por la calle 80, encontré lo más parecido a un campamento Rrom que terminó siendo una fábrica de carpas para circo. “Aquí todo el mundo entra preguntando por lo mismo”, dijo uno de los obreros. “Llegan, piensan que somos gitanos, toman unas fotos y se van”.

Pero los gitanos de Bogotá ya no viven en tzeras coloridas ni se visten con trajes largos y pañoletas en el pelo. Casi todos, especialmente los más jóvenes,  fueron al colegio, usan jeans a la moda y hablan un fluido castellano.

La isla urbana

Hernando Cristo es un “legítimo gitano” como dice él mientras señala la rueda anaranjada de su camisa. Aunque está en pantaloneta, mide 1.55 centímetros, vive en una casa pequeña al sur de Bogotá y hace más de un año que no viaja, “Tosa”, como le conocen, es incluso patriarca de la tribu que llegó desde la Unión Soviética.

Alrededor de diez cuadras del barrio la Floresta, se encuentra el campamento de ladrillos de  “los rusos”, como les dicen los vecinos. Una pequeña isla  donde hay otra ley y hasta otro idioma, porque para ellos el romaní equivale al inglés del mundo. Ya no hay carpas, ni caballos, ni fábricas de orfebrería, porque la ciudad les ha pegado su mordisco y cada vez se parecen más a cualquier bogotano del común. Sin embargo, aferrados a tradiciones como la quiromancia, de vez en cuando sacan a sus mujeres para que lean la suerte, aunque ahora tengan el pelo teñido de mono y ombligueras estilo Britney Spears.

“Tosa” abre la puerta de su casa, prende un cigarrillo y se sienta en su poltrona de “emperador”. Desde las once de la mañana empiezan a llegar primos, sobrinos y amigos para saludarle o pedir consejo. Entran y se van como quien cumple con la labor del día. Él les habla en romaní algo que no entiendo. “Para llegar a ser patriarca hay que írsela con todo el mundo. Uno no tiene descanso”, dice con cara de agotamiento.

La diáspora gitana

Los gitanos vienen del norte de la India y desde el año mil iniciaron un incesante nomadismo que los ha ido regando por los cinco continentes. A Colombia llegaron por primera vez con Cristóbal Colón. Luego, huyendo de la Segunda Guerra Mundial cuando fueron víctimas de la persecución hitleriana que acabó con la vida de medio millón de ellos. Desde diferentes partes de Europa entraron por el puerto de Barranquilla y a través de la frontera con Venezuela. Hoy ya son más de 5.000 gitanos distribuidos especialmente en Cúcuta, Bogotá y Girón.

En la capital hay dos tribus importantes: los Boloshoc y los de la Unión Soviética. Estos últimos dirigidos por “Tosa”, el patriarca. Él es el encargado de difundir las leyes, arreglar los líos de faldas y ayudar a quienes se encuentren en dificultades económicas. “En éste país la gente no entiende. Uno dice que es Rrom y ahí mismo dicen ¿que quiere tomarse un ron?”, cuenta Hernando Cristo sin expresión en el rostro.

El valor gitano

Para visitar a “Tosa” hay que llevar varias cajetillas de cigarrillos y, si es posible, dulces para sus dos hijas. Ese es el cover que hay que pagar para sentarse en la sala de su casa.

—Hábleme de la orfebrería. ¿Aún conservan este oficio como tradición?

—¡Claro! —respondió— Ahí tiene la última vasija que hice. Es una reliquia. Yo mismo la fabriqué en cobre martillado. El que busca toda la gente. Y la tengo en 120.000 porque fue el último trabajo que hice.

Le digo que no tengo dinero y continúo con la entrevista.

—Dijo usted que daba clases de baile. ¿Podría…?

—Sí, sí. —interrumpió— Venga un día usted con más dinero, le prestamos la ropa y baila con las muchachas.

Entiendo que no se puede avanzar en ese punto y elijo otra pregunta.

—Don Hernando, he escuchado que Amé le Rrom es un grupo de música gitana que pertenece…

—Sí, son mis sobrinos, los que entraron hace un momento. El CD cuesta 20.000 pesos, pero se lo dejo en 15.000 si se lo lleva hoy mismo.

Decido elegir otro tema que no implique comprar.

—Y las mujeres, don Hernando. Cuál es su espacio en la Kumpeniyi (tribu).

—Pues muy importante, —dice abrazando a su hija— claro que no las dejamos mucho tiempo en las escuelas porque se suben de estrato, pero ellas son las que mandan en la casa.

—¿Y el matrimonio? —interrumpo.

—Pues eso es muy complicado. Hay que pagar hasta dote.

Desisto.

Discriminación

Va llegando la tarde y “Tosa” se ha fumado media cajetilla. Es posible que su voz ronca obedezca a ese vicio que comparte con casi todos los gitanos. En su casa, la esposa del patriarca sólo ha salido para servir tinto muy dulce, ofrecer leer mi mano y vender un libro sobre la historia de los Rrom.

Nubia es una mujer de pelo amarillo y maltratado que cuelga de raíces muy negras. Cuando habla, lo hace con un fuerte  acento, como si le costara expresarse en castellano. Es posible que no haya ido a la escuela y que su contacto con los gadye (o no gitanos) sea mínimo. No lo sé. “Tosa” la deja hablar muy poco. Lo cierto es que sonríe, es amable y parece que le agradara ser la esposa del patriarca. “A nuestras mujeres las discriminan mucho. Si van a un centro comercial ahí mismo les echan los guachimanes porque creen que van a robar”, dice Hernando Cristo alzando un poco la voz.

De la misma forma como se aferran a su cultura, pelean por un espacio de reconocimiento.  El pueblo Rrom se ha unido en la lucha por mantener su autonomía como etnia. Dalila Gómez es una gitana de batas coloridas y aretes largos. Como pocas de su tribu, ella fue a la universidad y hoy es Coordinadora General del Proceso Organizativo del Pueblo Rrom de Colombia (Prorrom). Desde allí ha logrado incursionar  en la política enarbolando las banderas del Polo Democrático. Gracias a esta organización, los gitanos fueron reconocidos como otro de los grupos étnicos que configuran la diversidad cultural del país. Así, ya no tendrán que preocuparse por prestar servicio militar o acogerse a otras normas que van en contra de su tradición gitana.

Despedida

Las ciudades han ido permeando su cultura. Ya todos compraron televisor de pantalla plana y hasta “Tosa” tiene un DVD donde proyecta los bailes del grupo de danza que dirige. Los niños van a las escuelas, se mezclan con los gadye y aprenden el romaní al tiempo que el castellano. Por su parte, las mujeres salen a leer la quiromancia o “la buenaventura”, como dice Nubia, con carteras de cuero y sensuales escotes. Incluso hablan “de la palabra” como cualquier cristiano, aunque Hernando no ha querido bautizarse para conservar el apodo de “hermanito chévere” que le pusieron en la Iglesia.

“Tosa” termina el último cigarrillo. Pone el CD de Amé le Rrom y se oyen melodías nostálgicas que hablan de viajes y otras tierras. Parece como cuando en las discotecas suena la música popular para despedir a los rumberos. Entiendo que ha terminado la cita con el patriarca.

Te ashen devlesa —se despide.