
Cuando alguien muere uno queda como en deuda. Siempre falta algo por decir y sobra algo ya dicho.
Mi abuelo murió el 11 de abril, a las 11 de la mañana, habiendo acabado de cumplir 77 años. Él se fue y a mí me quedó un vacío en todo el cuerpo que se sigue desocupando con el paso de los días. Era Sábado Santo. Me llamaron y pensé que necesitaban ayuda para pasarlo a su silla de ruedas. Cuando abrí la puerta vi a toda la familia alrededor de la cama y a mi abuela de rodillas. Supe que era su último aliento de vida, pero no fui capaz de despedirme. En cambio corrí por los potreros de la finca llorando y sin fuerzas para gritar que era lo que realmente quería. Anduve hasta que la respiración no me alcanzó para correr y sollozar al mismo tiempo.
Yo amaba a mi abuelo con ceguera. Era mi superhéroe, mi amigo, mi juguete siempre nuevo, mi mejor compañía. Me gustaba su olor a perfume varonil, a cafetales y platanales. Ir a su lado a todas partes y contagiarme del amor que todos le tenían. Ser su copiloto, escucharlo cantar tangos y enseñarme los nombres de los pueblos por donde íbamos. Sus ojos verdes, su acento paisa, su piel colorada. Me encantaba verlo montado en su caballo con un zurriago y un sombrero. Cuando escuchaba un carro acercarse y veía el rojo de su camioneta entre los árboles, corría para ser la primera en saltar entre sus brazos y robarle muchos besos. Yo pensaba que no sería capaz de vivir sin él y a veces creo que es cierto.
Mi abuelo estuvo un año muy enfermo. Unas úlceras en las piernas lo fueron sometiendo a un bastón, luego a un caminador, después a una silla de ruedas y al final ni siquiera eso soportaba. Pasó de ser el hombre fuerte y rozagante a un manojito de huesos con pijama. Nunca antes había escuchado a mi abuelo quejarse de dolor, así que su enfermedad debió ser un infierno. De esa época, recuerdo un angustiante “ay, ay, ay” que nos mantenía a todos pasando la noche en vela junto a su cama. Él gritaba y yo me sentaba a su lado hasta que no era capaz de contener más las lágrimas. Un año es mucho para semejante sufrimiento, pero hasta el último día yo pedí que mi abuelo se curara.
Ese año fue el más terrible de todos. Desde la vida en Bogotá para un hombre del campo como él, hasta el transcurrir de los días que parecía empeorar su situación. Mi abuelo se instaló en mi cuarto, en mi cama, y todavía no pasa una noche en que no sienta que dormimos juntos. Cuando llegaba de la Universidad, hacía el mismo recorrido de siempre y lo encontraba allí. Tan silencioso y triste. Me miraba y sacaba no sé de donde una bonita sonrisa. “Por qué se demoró tanto, mi niña”, decía siempre aunque yo hubiera estado tan sólo unas pocas horas fuera. Luego se quedaba con la mirada en el piso o en sus piernas vendadas e indolentes que ya no le hacían caso. Creo que no pasó un solo día en el que no nos dijéramos que nos queríamos. Porque era verdad.
Ahora me cuesta mucho escribir sobre él, hablar de él, cantar sus canciones y hasta ver sus fotos. La semana pasada estuve en Arma, su “territorio” y, por alguna razón siempre espero que al cruzar la esquina él esté parado junto a su camioneta esperándome. Esa es mi imagen más recurrente. Mi abuelo en la plaza del pueblo inclinándose un poco, abriendo los brazos y, un segundo después, levantando todo mi cuerpo hasta lo que a mí me parecía era el cielo. Pero ahora bajo del carro y sólo encuentro a don Aurelio, el dueño de la tienda, que no puede contener las lágrimas mientras me lleva una botella de Coca-cola. Yo creo que le contagio toda mi tristeza, pero no decimos nada.
Cuando era niña y regresaba a la ciudad después de unas largas vacaciones con mi abuelo, pasaba días llorando en el cuarto de las muñecas; extrañándolo. Parece una caricatura, una exageración, pero incluso yo odié al colegio por ser la causa de la distancia entre nosotros. Por eso es que ahora, cuando pienso en que nunca más podré volver a verlo, se me paraliza hasta la punta del pie.
Días antes de su muerte lo escuché cantar en medio de delirios: “arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor ha de ser de no verme porque tus ojos me los llevo yo, arráncame la vida…”. No pasó mucho tiempo para que alguien lo escuchara, y ese día él también arrancó un pedacito de la mía.





















