Cuando se acaba el arequipe

19 12 2009

Hasta allí le llegaba el olor a arequipe y podía imaginarse a Pámela mezclando el azúcar con la leche, meneando sus caderas, sudorosa, con el delantal ceñido al cuerpo y esa colorida tela amarrada en la cabeza con un nudo de zapato. El calor salía de la leña dibujando tiras de humo que se le metían entre el pecho, y le dejaba rastros de goticas entre la nariz y los labios. Era tan bella como el día en que la había conocido en La Peatonal, cuando todavía era una playa larga con vista a un cayo de palmeras inclinadas por el viento. Se enamoró de sus ojos azules, con rayitas verdes; de su piel negra y lisa; de sus dientes un poco separados y pequeños que parecía expulsar con cada carcajada; de ese nombre que le sonaba como un golpe de tambor. Entreabrió la puerta, la vio secándose la frente y luego hundiendo el dedo entre la cuchara repleta de arequipe.

—¿Quieres un poquito, Toño? Le puse ralladura de limón —dijo con su voz más dulce.

—No, Negra. No tengo hambre.

— ¿Y a ti qué te pasa? ¿te enfermaste?

—Yo creo que sí —respondió sin dejar de mirarla.

Pámela vive frente a un mar que desde su ventana parece una colcha de retazos verdes, aguamarinas, azules y morados. Su mamá le decía que los ojos se le habían puesto así por mirarlo tanto y que un día la sal iba a dejarla ciega. Ya habían pasado casi treinta años y sus ojos seguían funcionando para perderse en esa frontera infinita que iba y regresaba, le mojaba los pies y luego los abandonaba enterrados en la arena.

Toño vive con Pámela desde hace casi diez años, cuando ella quedó embarazada de un niño que nunca nació y le dejó el vientre maldito. Así dice Doña Erminda, que es muy sabia en esos temas. “Cuando un niño crece sin amor en la panza de su madre y luego muere, ajá, pue se dejquita”, dijo la noche en que Toño acudió como última instancia para saber la razón de la infertilidad de su mujer. “Pero si yo no hago más que querer a esa negra, Doña”, replicó él.

La mitad del año Toño es pescador, aunque eso es un decir porque ya no saca gran cosa; la otra mitad, lavador de platos en un crucero. Así pasa la vida entre un mar que domina en su chalupa y otro que le parece ostentoso, artificial e inalcanzable. En el barco todo es ruido, agua fluyendo por las manos, platos que rechinan, dinero y soledad; en casa, más bien silencio. Ahora se sentía viejo. Ya no quería ir a pescar y estaba pensando en abandonar el trabajo del crucero para no seguir sintiendo envidia de quienes tenían con qué comprar felicidad.

Ese día había despertado enfermo, con un mareo que le impedía calcular bien las distancias y lo empujaba contra las paredes.

—Eso fue que te trajiste el movimiento del mar en la cabeza —lo tranquilizó Pámela.

—No, Negra —le contestó—eso es otra cosa.

Salió de su casa y subió a su chalupa, pero la dejó amarrada. Desde allí veía a los peces acercarse y coquetearle como tratando de convencerlo de lanzar su anzuelo, pero él únicamente les tiraba lombricitas para mantenerlos cerca y no sentirse solo. Tal vez estaría volviéndose loco, pensaba, y tiraba otra lombriz al agua. Desde allí podía ver a Pámela lavando ropa, cantando y rompiendo el silencio que siempre guardaba para él cuando llegaba a casa. Había aprendido a no preguntarle nada para no irritarla. Después de que Pedrito se le salió como una bolita de sangre y babas, según le había contado su mujer, parecía no querer hablar con nadie. Toño sabía que a la menor provocación lo dejaría solo, así que se había acostumbrado a esa soledad compartida, tácita y dolorosa que le parecía más llevadera. Al menos podía verla tirada a su lado en las mañanas y desayunar un arequipe batido por sus manos.

Ya era casi medio día. El sol rebotaba en el agua y se le metía con fuerza entre los ojos. Ahora sólo podía ver la sombra de Pámela que aparecía de vez en cuando. Al otro lado, el vecino: un tipo raro que nunca salía de la casa y que Toño conocía por los comentarios de otros vecinos. Eligio se llamaba ese negro acuerpado que veía por primera vez. Estaba discutiendo con alguien o al menos eso parecía. Claro que los isleños tienen esa costumbre de mover enérgicamente las manos de alegría y de rabia. Escuchó un grito que le llegó hasta la chalupa, vio a Eligo entrando a la casa y a un niño salir corriendo y cerrar la puerta que ocultó la escena como un telón de teatro cuando baja en el acto más emocionante. Ahora sólo se veía al niño correr, atravesar el patio y meterse en la casa de Toño por la puerta de atrás. Pámela estaba extendiendo la ropa y no se daba cuenta.  Toño se paró precipitadamente de la chalupa, dispuesto a sacar al niño de la casa, pero le volvió el mareo. Se sentó y pensó que de todas formas era un niño; un niño asustado. Puso los dedos sobre sus cejas, en forma de visera, para ver mejor.

Esperó unos segundos y se distrajo con otros tres niños que habían aparecido en el patio. Pensó que podían ser hermanos: dos niños y una niña que a duras penas se sostenía en pie. Cada tres pasos caía al suelo y volvía a levantarse con un poco más de arena pegada del vestido, pero con el mismo ímpetu de antes. Los observaba con nostalgia. Él siempre quiso tener muchos hijos con Pámela y cuando la veía gorda y envuelta en telas anchas pensaba que por fin le había llegado la hora de ser padre. Pero meses después aparecía flaca y demacrada como para que no le quedaran dudas de que estaba vacía por dentro. Y así le parecía ahora: unas carnes que no guardaban hijos, ni alma, ni nada.

Sintió rabia. Una ira que se le regaba por los nervios y le terminaba en un temblor de manos.

Pámela seguía tranquila, cantando y barriendo el patio de la casa. Entró y Toño la vio sacar la paila de arequipe. El niño que antes había entrado por la puerta de atrás saltó por la ventana que daba a la cocina. Abrazó a Pámela y otros niños fueron llegando. Uno de ellos hundió una cuchara hasta el fondo, se la llevó a Eligio y regresó junto a Pámela. Ella le sonrió al vecino. Toño se paró con delicadeza para ver mejor y se encontró con la mirada de una de las niñas. Se bajó de la chalupa y se acercó un poco dando pasos largos entre el mar. La niña no dejaba de observarlo. Cuando estuvo a pocos metros sintió un mareo fuerte que casi lo tumba. La niña sonrió y Toño pudo ver sus ojos con claridad: dos esferas azules con rayitas verdes. Volteó la mirada y vio a Pámela con los ojos puestos en él. Ahora le parecía que los ojos de ella eran negros. Su esposa siguió repartiendo el arequipe.

Toño retrocedió, esta vez sin esconderse. Volvió a su lugar, desamarró la chalupa y esperó a que las olas lo arrastraran. Los peces se quedaron, ya había gastado todas las lombrices; estaba solo y no quería. Nunca quería. Sacó el cuchillo, miró uno de sus dedos y lo cortó sin vacilar. Un chorro de sangre hizo un dibujito en la superficie del mar. Los peces lo siguieron como en las cartillas infantiles donde los niños deben completar la figura siguiendo los puntos. No sentía dolor. Cortó otro dedo y otro más. Los peces devoraban la carne rápidamente y sólo dejaban pedacitos de uña flotando.

Cuando la paila se quedó sin arequipe, Pámela miró hacia el mar y sólo vio una chalupa arrastrada por las olas.





Homenaje a mi abuelo

20 08 2009

Cuando alguien muere uno queda como en deuda. Siempre falta algo por decir y sobra algo ya dicho.

Mi abuelo murió el 11 de abril, a las 11 de la mañana, habiendo acabado de cumplir 77 años. Él se fue y a mí me quedó un vacío en todo el cuerpo que se sigue desocupando con el paso de los días. Era Sábado Santo. Me llamaron y pensé que necesitaban ayuda para pasarlo a su silla de ruedas. Cuando abrí la puerta vi a toda la familia alrededor de la cama y a mi abuela de rodillas. Supe que era su último aliento de vida, pero no fui capaz de despedirme. En cambio corrí por los potreros de la finca llorando y sin fuerzas para gritar que era lo que realmente quería. Anduve hasta que la respiración no me alcanzó para correr y sollozar al mismo tiempo.

Yo amaba a mi abuelo con ceguera. Era mi superhéroe, mi amigo, mi juguete siempre nuevo, mi mejor compañía. Me gustaba su olor a perfume varonil, a cafetales y platanales. Ir a su lado a todas partes y contagiarme del amor que todos le tenían. Ser su copiloto, escucharlo cantar tangos y enseñarme los nombres de los pueblos por donde íbamos. Sus ojos verdes, su acento paisa, su piel colorada. Me encantaba verlo montado en su caballo con un zurriago y un sombrero. Cuando escuchaba un carro acercarse y veía el rojo de su camioneta entre los árboles, corría para ser la primera en saltar entre sus brazos y robarle muchos besos. Yo pensaba que no sería capaz de vivir sin él y a veces creo que es cierto.

Mi abuelo estuvo un año muy enfermo. Unas úlceras en las piernas lo fueron sometiendo a un bastón, luego a un caminador, después a una silla de ruedas y al final ni siquiera eso soportaba. Pasó de ser el hombre fuerte y rozagante a un manojito de huesos con pijama. Nunca antes había escuchado a mi abuelo quejarse de dolor, así que su enfermedad debió ser un infierno. De esa época, recuerdo un angustiante “ay, ay, ay” que nos mantenía a todos pasando la noche en vela junto a su cama. Él gritaba y yo me sentaba a su lado hasta que no era capaz de contener más las lágrimas. Un año es mucho para semejante sufrimiento, pero hasta el último día yo pedí que mi abuelo se curara.

Ese año fue el más terrible de todos. Desde la vida en Bogotá para un hombre del campo como él, hasta el transcurrir de los días que parecía empeorar su situación. Mi abuelo se instaló en mi cuarto, en mi cama, y todavía no pasa una noche en que no sienta que dormimos juntos. Cuando llegaba de la Universidad, hacía el mismo recorrido de siempre y lo encontraba allí. Tan silencioso y triste. Me miraba y sacaba no sé de donde una bonita sonrisa.  “Por qué se demoró tanto, mi niña”, decía siempre aunque yo hubiera estado tan sólo unas pocas horas fuera. Luego se quedaba con la mirada en el piso o en sus piernas vendadas e indolentes que ya no le hacían caso. Creo que no pasó un solo día en el que no nos dijéramos que nos queríamos. Porque era verdad.

Ahora me cuesta mucho escribir sobre él, hablar de él, cantar sus canciones y hasta ver sus fotos. La semana pasada estuve en Arma, su “territorio” y, por alguna razón siempre espero que al cruzar la esquina él esté parado junto a su camioneta esperándome. Esa es mi imagen más recurrente. Mi abuelo en la plaza del pueblo inclinándose un poco, abriendo los brazos y, un segundo después, levantando todo mi cuerpo hasta lo que a mí me parecía era el cielo. Pero ahora bajo del carro y sólo encuentro a don Aurelio, el dueño de la tienda, que no puede contener las lágrimas mientras me lleva una botella de Coca-cola. Yo creo que le contagio toda mi tristeza, pero no decimos nada.

Cuando era niña y regresaba a la ciudad después de unas largas vacaciones con mi abuelo, pasaba días llorando en el cuarto de las muñecas; extrañándolo. Parece una caricatura, una exageración, pero incluso yo odié al colegio por ser la causa de la distancia entre nosotros. Por eso es que ahora, cuando pienso en que nunca más podré volver a verlo, se me paraliza hasta la punta del pie.

Días antes de su muerte lo escuché cantar en medio de delirios: “arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor ha de ser de no verme porque tus ojos me los llevo yo, arráncame la vida…”. No pasó mucho tiempo para que alguien lo escuchara, y ese día él también arrancó un pedacito de la mía.

Nota:

Después de publicar este escrito cuyo objetivo no era otro que el de saldar una deuda impagable con mi pasado, con el protagonista de mi infancia, recibí a cambio bellísimos regalos: un barquito de madera que le construyó Gustavo, el celador del edificio, a mi abuelito y que no alcanzó a terminar para que él lo viera; el recuento de hermosas anécdotas de mi abuelo (antes de que yo naciera) que unificó un amigo suyo en dos hojitas que hoy guardo como un tesoro; los comentarios de quienes pasaron por aquí y se dejaron conmover por el relato y, por último, el cariño de mi abuela, quien desde el día en que leyó el escrito ha decido convertirse en mi manager en Aguadas y le reparte a todos sus conocidos la fotocopia de estas líneas tristes. Esas son las únicas razones por las cuales este texto, sin pensarlo, se convirtió verdaderamente en un “Homenaje a mi abuelo”.





Entre muros

16 07 2009

Ernesto, escucha bien. Óscar acaba de salir a trotar al parque. Estoy sola. Muy sola. Quiero que vengas —decía Ángela sin pudor y jugueteando con el cable del teléfono.

—Bueno, ya voy para allá—respondió Ernesto un poco asustado. Iba a decir algo más, como que si sabía cuánto tiempo tardaba su esposo o si era seguro que no los cogerían, pero a esas alturas Ángela ya había colgado y estaba esperándolo dos pisos más arriba.

Ernesto no sabía muy bien si le gustaba o no Ángela porque ella lo escandalizaba, se burlaba de él y además le coqueteaba. Lo escandalizaba con su cuerpo perfecto, se burlaba de su aspecto intelectual y le coqueteaba con frases directas, invitaciones y llamadas telefónicas. Porque Ángela no tenía pelos en la lengua y ya estaba muy grande para andar con puritanismos o por lo menos así decía ella.

—A esta edad uno no se puede poner de exigente porque se queda vistiendo santos, Ernesto. Y no creas que lo digo sólo por mí, ¡mírate!, tú estás más viejo —le decía cada vez que se ponía algo nervioso o cuestionaba su manera de ser tan práctica y casi frívola.

Al principio Ernesto ni siquiera había notado que tenía nueva vecina y si la vio alguna vez, pasó desapercibida. Recordaba que su hermano menor una noche en la comida había hablado de una “mamacita del quinto piso”, pero él no le dio importancia como no le daba importancia a absolutamente nada de lo que tuviera que ver con su familia. Desde hacía mucho tiempo quería irse de allí y no aguantaba más la cantaleta de que ya estaba muy viejo para andar viviendo debajo de las faltas de su madre y eso por no hablar de la época en que fueron famosas las propagandas de Bombril.

Pero a Ángela le parecía que la indiferencia de Ernesto no era otra cosa que atracción pura. Ella sí lo notó desde el primer día y soñaba con él. Con su pelo desordenado, su caminar retraído, sus perfectas cejas delineando unas gafas blancas. Soñaba con él desnudo y lo recordaba haciendo esfuerzos por concentrar su mirada en un lugar diferente a sus calculados escotes. O por lo menos así pensaba ella. Después le hizo saber lo que quería con miradas y sonrisas, le coqueteaba, lo invitaba a salir y él aceptaba, pero ésta era la primera vez que Ángela lo citaba en su apartamento.

Por eso Ernesto estaba asustado. Además, era muy desconfiado y prevenido porque se la pasaba viendo noticieros. Cuando colgó el teléfono, pensó incluso que Ángela podría estar fraguado un plan para matarlo porque estaba bien loca y además ¿a quién le importaría? En su casa dirían que el vago de Ernesto por fin había conseguido trabajo y se había largado para no soltarles ni un peso. Y al resto del mundo no le preocupaba su existencia (o inexistencia más bien). Dejó a un lado sus hipótesis pesimistas, se puso loción en los cachetes, abundante desodorante y una manotada de agua fría en la cara. Abrió la puerta, se detuvo frente al ascensor, pero decidió subir por las escaleras.

Ángela lo esperaba con una pijama muy corta y una botella de champaña que desocuparon con avidez.

—¿Óscar se demora? —preguntó Ernesto.

—No sé. No importa. De todas formas acaba de salir y si quiere bajar esa barriga tendrá que trotar el resto del día —se burló Ángela mientras se despojaba de su escasa ropa.

—Si nos pilla me mata —respondió Ernesto asustado.

—Deja de actuar como un adolescente que si llega mi marido miramos qué hacemos. O quieres que nos sentemos a planear un simulacro de posibles salidas de emergencia en caso de que…

—¡Ya! está bien —interrumpió Ernesto bebiendo de un sorbo largo toda la copa de champaña. Cuando volvió la mirada a la mujer que ahora estaba completamente desnuda le pareció que su cuerpo se veía mejor con la ropa encima. Pensó que sus tetas eran demasiado grandes, su torso un tanto delgado, sus piernas muy largas y sus nalgas muy flácidas. Pero le gustaba su espalda abultada, la piel bronceada, el pelo largo y los ojos muy negros. Ángela le quitó la ropa con la misma rapidez con la que bebía, pero se tomó su tiempo para humedecerle la piel. Ernesto estaba jadeante, listo, impaciente. Ángela estaba inquieta, sensual, cruel. Ella llevaba el control y él no controlaba nada.

Cuando los dos tenían la mirada lejana y sus manos en todas partes, un tibrazo y la voz de Óscar al otro lado de la puerta dejó a Ernesto sentado y tapándose el pecho con una sábana. Ángela metió la ropa por debajo de la cama, intentó hacer lo mismo con los zapatos pero no cupieron así que los lanzó por la ventana, se puso una sudadera y Ernesto seguía petrificado.

—Deja de taparte las tetas que no tienes y métete al baño, pendejo —susurró Ángela intentando peinarse para abrir la puerta.

—Dejé las llaves. ¿Las has visto? —preguntó Óscar entrando a la casa.

—Llévate las mías —respondió ella estirándoselas y con la puerta todavía abierta.             Retrocedió, las recibió y volvió para robarle un beso antes de salir.

—¿Y tú porque estás en sudadera? —preguntó acariciándole la mejilla.

—Porque sí Óscar. No preguntes bobadas que eso no quema calorías —respondió Ángela despidiéndose y cerrando la puerta. Caminó hacia el cuarto dejando nuevamente su cuerpo libre de tela y encontró a Ernesto mirando por la ventana.

—Eran Gambinelli —dijo sin voltear la mirada.

—¿Qué? —preguntó ella desconcertada.

—Mis zapatos. Eran Gambinelli, Italianos, y ahora están en la terraza de la bruja del primer piso.

—Pues Ernesto si quieres bajamos y le explicamos que debimos tirarlos por la ventana para que mi marido no nos cogiera teniendo sexo en su propia cama —y agregó —además, con lo beata que es esa vieja seguro nos sienta a flagelarnos el resto de vida por pecadores.

—Es en serio, Ángela —dijo alzando la voz porque para Ernesto todo tenía un significado más allá de lo evidente—. A ti no te importa dejarme sin zapatos, sin camino, sin horizonte. Así has hecho siempre. Me sacas a un sitio, te burlas de mí, me besas, me exhibes, me botas, me olvidas, reapareces y ¿yo qué, Ángela? Apenas llega tu esposo tiras mis zapatos por la ventana como me tirarás luego a mí a la basura cuando ya no te parezcan tan divertidos nuestros…

Ángela interrumpió con una carcajada.

—¿Me hablas en serio, Ernesto? No jodas tanto y apurémonos que la próxima vez me toca lanzarte a ti por la ventana —dijo besándole el cuello.

—Pero es que eran Gambinelli —interrumpió de nuevo y alejándola despectivamente—. Tú no tienes idea de cuánto cuestan unos zapatos como esos porque nunca en tu vida has tenido que comprar nada.

—Mañana tendrás unos nuevos —le susurró al oído tratando de recuperar al Ernesto de antes del incidente.

—¿Qué voy a decirle a mamá? Que me puse los zapatos de papá para chicanear con la vecina y que no estoy muy seguro de cómo pasó, pero terminaron en la terraza de doña Pura —dijo con ironía.

—Tú y yo ya estamos muy viejos. Tú para ser tan patético y yo para soportarlo. ¿Por qué no te largas, Ernesto? —dijo al fin Ángela recuperando su ropa y recitando un montón de frases que parecían reclamos contra sí misma.

Ernesto se vistió y salió del apartamento sin hacer ruido y con las medias en la mano.

Ya habían pasado más de cinco días cuando Ernesto quiso salir nuevamente de su cuarto. Había estado leyendo diezpasosparaserfeliz, sonreírunimándebuenaenergía y túpuedesseranyelinayoli: tres libros que había heredado de un buen amigo después de su trágica muerte. En la puerta su mamá le había dejado los clasificados de toda la semana con varios teléfonos resaltados. Los recogió todos y se sintió con ganas de ser una nueva persona. Voy a conseguir trabajo, se dijo a sí mismo y se puso la ropa de entrevista que su mamá le había regalado hacía tres navidades. Salió del apartamento y esperó a que el celador hiciera su acto de cortesía.

—Don Ernesto, hacía mucho que no lo veía. Yo creí que estaba de vacaciones —se burló con ironía.

Ernesto no subió la mirada y se encontró con sus zapatos Gambinelli que lo seguían caballerosamente hasta la puerta.